A Belarmina

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Laura Herrera

El olor a masa de maíz me pone ansiosa, hambrienta, quimérica. La recuerdo moliendo para hacer sus arepas. ¡Qué bonitas le quedaban! Redonditas, gorditas, simétricas y qué sabrosas. Mordías una cubierta tostada, lo suficiente para que escuchar el crujir pero lo insuficiente como para perder una calza. Una cocción perfecta, un poquito tiznadas, como para que se vieran las rejillas del asador, pero blancas absolutamente desde toda la demás área de la superficie circular. La masa de adentro era suave, pero nunca le quedaban crudas. El olor es el sentido más sensible y con mayor poder para evocar, tan pronto cierras los parpados te elevas en una sinestesia del recuerdo, la nostalgia tiene el poder de hacer que tus ojos vean lo que el corazón siente, lo que el Déjà vu presiente -¿lo que la razón resiente?- La sensibilidad de mi nariz, que parece despejada de la alergia, hace que me pierda en lo más profundo de mi subconsciente sin conceptos de tiempo, sin ubicación espacial alguna y un profundo desconocimiento del contexto actual, porque en los escenarios de ensueño todo es claro, tengo plena consciencia de la fecha, del formato horario, del meridiano, de mi posición geográfica y sin embargo, en ese letargo ¿Qué importa? No he llegado a entender por qué tengo tanto dominio de mí en las quimeras más profundas que atraviesa mi mente inquieta. Yo no sé si este olor en que enredo me ha llevado hacer hipérbole del recuerdo gastronómico que más presente tengo de ella solo que extraño mucho su destreza haciéndolas.

– Laura Herrera

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